Vivir o morir siendo millennial

Mucho se ha dicho y escrito sobre la Generación Y o Millennials, como les encanta llamarnos a los medios. Hasta el cansancio y mayormente para quejarse. El rango de edad de esta generación no está definido, ya que no existe ningún consenso.
Hay diversos estudios que consideran que el inicio de los millennials se encuentra entre los nacidos a partir de los años ’80 hasta el 2000. Sin embargo, la realidad de Chile nos indica que los millennials podríamos ser aquellos nacidos a partir de los ’90: los que crecimos escuchando el sonido del modem, esperando con ansiedad para conectarnos a internet. Los que crecimos tomando Kapo, comiendo dulces ya extintos, viendo El Club de los Tigritos sagradamente y juntando láminas de álbumes.
Es curioso cómo, en retrospectiva, podemos mantener unos recuerdos tan bellos de esta niñez millennial y que no se condice con nuestra realidad ni nuestro presente. ¿Por qué lo digo? Porque hoy cualquiera nos definiría como la generación de los sueños rotos.
Somos aquellos atorados entre una generación que nos convenció de que trabajando duro por nuestros sueños podríamos lograr lo que fuera, mientras que la próxima generación recoge los frutos de nuestro esfuerzo al lograr reivindicaciones: viven en lujos o al menos disfrutan de cosas que nosotros no pudimos (ya crecieron con la tecnología a su disposición e incluso ¡tienen educación gratis!).
Somos aquellos con los sueños destrozados en el piso y nuestras expectativas a punto de desfallecer. Aquellos a los que el capitalismo les metió el dedo en la boca, diciéndonos que si trabajábamos en lo que amábamos, no sentiríamos que trabajamos ni un solo día de nuestras vidas. Que si estudiábamos algo que nos gustaba, disfrutaríamos el resto del camino que nos queda por recorrer. Nos esforzaríamos en ser mejores y ni lo notaríamos.
Recuerdo que incluso la televisión se unió a esta cruzada de los estudios, cantando jingles que perduran hasta el día de hoy (como que en ICEL hay un lugar para mí o que lo mejor ya se está haciendo, Simón Bolivar está creciendo). Todos decidimos tomar créditos, ya sea en bancos o avalados por el Estado, no vaya a ser que se nos vaya la oportunidad.
¿Al final qué nos quedó? Muchos se quedaron con carreras de las que se arrepintieron, otros trabajando en cosas que jamás imaginaron y tantos otros perdidos en sus pensamientos, sin saber qué hacer o para dónde ir.
Sin embargo, a pesar de esta jugada maestra para rompernos, hay algo que amo de nuestra generación y que creo que el resto de las generaciones carece: la famosa resiliencia.
La resiliencia es la capacidad de adaptación ante alguna perturbación, estado o situación adversa. Y justamente tengo la sensación de que nuestra adversidad, hablando de nuestra generación, ha sido el tema de estudiar o no algo y la profesionalización.
Antes, cuando la gente terminaba su enseñanza media, no se les cuestionaba si querían trabajar inmediatamente o aprender un oficio. Ahora es digno de poner un grito en el cielo: “¡Cómo se te ocurre que no vas a estudiar nada! ¿Qué va a ser de ti? ¡Nunca alcanzarás el éxito!”.
Ese término tan efímero, el éxito, es lo que nos tiene mal. Es el que hace que nuestros sueños se destrocen y se rompan frente a nosotros. ¿Qué es lo que se espera de mí? ¿Cómo lograr el éxito si no tenemos oportunidad? Esto es igual que el meme de “quiero trabajar pero me piden experiencia laboral, ¿cómo voy a tener experiencia laboral si nadie me da trabajo?”.
Aunque no lo crean, abogo por la reivindicación millennial. No somos tan llorones como nos pintan. La resiliencia es vencer o morir. Adaptarnos nosotros mismos y a nuestros sueños. ¿Qué es el éxito? ¿Qué significa ser exitoso? ¿Tanto importa el éxito?
Más que nada, ¿qué es lo que espero yo de mí? Esa es la pregunta del millón y que nadie sabe responder. No importa cuándo hagas la pregunta, siempre habrá una respuesta distinta. Es irrisorio que muchos hayamos estudiado solo para cambiar de rumbo. Pero así son las cosas, hayamos terminado o no una carrera que nos vendieron como bendita porque nos servía para seguir un sueño.
Supongo que hay que aprender que, tal y como las personas, los sueños deben ser flexibles. Nosotros no nos debemos adaptar a nuestros sueños sino que ellos deben adaptarse a lo que somos y lo que deseamos, porque siempre podemos cambiar de parecer. El día que aprendamos eso, a ser verdaderamente resilientes, será el día en que alcanzaremos nuestro éxito. Estoy ansiosa esperando eso.

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