El exitismo es probablemente lo peor que le pasó a nuestra generación. Creo que no tengo un solo amigo que no esté angustiado o ansioso por su futuro. La idea de que debemos ser buenos en algo, que debemos ganar dinero, ser exitosos y huir del fracaso es una idea impuesta que se repite en nuestras cabezas como un disco rayado. A esa voz la llamo “el loro del capitalismo”, y nos visita de vez en cuando para arruinar nuestras vidas e inflamar nuestro colon.

En el pasado, y cuando nos enseñaban Historia o Ciencias en el colegio, estudiamos a hombres que hacían mil cosas a la vez. El conocimiento no estaba tan separado como ahora, claro, pero es cosa de ver sus páginas de Wikipedia y ver que todos tenían más de una ocupación u oficio. Podías ser militar, pintor, naturalista y explorador. Mi ídolo más grande –junto a Jacques Cousteau– es el polímata Alexander von Humboldt, quien dominó tantos campos como quiso. ¡Y además viajó por el mundo! Volcanes, plantas, geografía, física, los astros, fueron solo algunos de sus intereses. Con su ejemplo, o siguiendo la imagen de otros sabios, cuando uno es escolar cree que también puede hacerlo todo. Por supuesto que siempre está la barrera de la confianza en uno mismo (que a esa edad suele ser muy poca), pero el mundo se ve amplio. Elegir una carrera, un oficio, o básicamente ver las posibilidades de tu futuro es lo más similar a ver un amplio océano desde un mirador lejano: hay botes, barcos, cruceros quizás, y no sabemos cuál tomar. Todo se mueve y está enmarcado en un espacio inmenso y profundo que nunca entenderemos, pero sabemos que hay que decidirse por un camino.

Esta vez no me referiré a las implicancias económicas de elegir a qué nos vamos a dedicar, aunque sea tal vez el factor más determinante. Solo quiero referirme a cómo el mundo que alguna vez vimos enorme, se achica con la ansiedad que produce la competencia, la idea de ser el mejor, de ser bueno y de definirse.

¿Qué es lo que realmente me gusta? ¿En qué soy bueno? ¿En qué puedo trabajar? ¿Puedo mantenerme con esto? ¿Podré alimentar a un gato? ¿Ayudaré a mi familia? Son preguntas que escucho una y otra vez saliendo de la boca de mis amigos o de la mía. Todo esto mientras intentamos estudiar, mejorar una técnica, absorber más contenido, levantarnos temprano y lentamente acostumbrarnos al loro del capitalismo. Así es la vida, nos dicen. No hay que esperar mucho. Si te tratan mal, así es el mundo laboral. Si te pagan mal, así le pagan a la gente de tu área. Este loro tiene una justificación para todo, y creo que a nuestra generación le cuesta aceptarlo. ¡Y con justa razón! No hay que quitarle el peso al poder que la ansiedad ejerce sobre nosotros, al deseo de ser exitoso, y al ejercicio de cuestionarnos qué significa realmente el éxito.

A modo de síntesis, me gustaría contarles mi experiencia personal, con temor a ser autorreferente (pero en verdad, ¿qué texto no es autorreferente?).

Cuando salí del colegio entré a estudiar a una universidad con cierto prestigio, muerta de miedo porque nunca había sido la mejor alumna, pero sabía que me había esforzado lo suficiente para estar ahí. Después de muchos porrazos, en cuarto medio me di cuenta que si estudiaba podía irme bien y alcanzar cosas que antes no concebía dentro de mis posibilidades. Fue la primera vez que el loro del capitalismo me visitó.

Por primera vez quise ser buena alumna y destacar. Estudiaba mucho, iba a todas mis clases, cumplía con los plazos, dormía poco y mal. Mis notas fueron muy buenas, me sentí validada –sólo a través de un número, porque tampoco sentí una retroalimentación positiva de nadie fuera de mi familia– y quise más. Quería ser aún mejor alumna hasta que alguien se diera cuenta que no era solo una persona que dibujaba como niño chico y que coleccionaba figuras de las Tortugas Ninja. El loro del capitalismo me decía: ¡necesitas validación! Y yo lo escuché.

Terminé con colon irritable y mucha ansiedad. Mucha. Muchísima, en verdad. No entraré en ese punto por ahora. Pero podrán imaginarlo.

Y lo peor de todo es que me di cuenta que realmente no me gustaba la carrera. Solo me gustaba aprender, así, en general. Me di cuenta que tendría que haber entrado a otra carrera que me interesaba de verdad y que realmente me viera ejerciendo. Se me ocurrió estudiar las dos carreras al mismo tiempo en vez de salirme de la primera. Llamémoslo el deseo de la interdisciplina o el loro de la sobreexigencia. Aún no lo sé y aún no termino ninguna de las dos carreras.

Ni siquiera he terminado de estudiar y ya siento que tendría que haber publicado un libro, encontrar un insecto nunca antes visto y ponerle mi nombre, conquistar una isla, haber visitado Europa y Japón y comprarme un auto. ¡Ni siquiera sé manejar! Pero la presión está. Para algunos es estúpido y es algo que todos los humanos debemos pasar. Quizás es así. Pero cuando pienso en todas las cosas que no hice, me siento un fraude.

No tengo ninguna certeza respecto a este tema. Escribo estas líneas desde un lugar en el que alguna vez trabajé porque tenía una mañana libre y pensé que no podía ser una inútil y dedicarme a descansar en vez de trabajar. Veo a una niña de mi edad haciendo la labor que yo también hice alguna vez: recoger los libros, mirar sus códigos, ver en qué estante van, asegurarse que el orden de los libros sea correcto y que no se pierda ninguno. Miro ese trabajo con nostalgia, porque fue uno de los primeros que hice, y no por currículum, sino porque quería ser útil, quería aprender y no descansar.

Y aunque sigo siendo joven, ahora creo que sí necesito descansar. No en un viaje al otro lado del mundo, mi cama está bien. Incluso, estaría bien si yo misma no me pusiera tanta presión y si no esperara tanto de mí. Ese sería mi descanso.

De alguna forma lograremos pagar las cuentas y de alguna forma lograremos nuestros sueños, quiero pensar. Me esforzaré y seguiré dando lo mejor de mí, no quiero caer en un espiral de pensamiento mágico en que si solo duermo me volveré millonaria y exitosa, ni tampoco convertirme en autora de libro de autoayuda. Solo quiero decir que estamos bien como estamos. No escuchemos al loro del capitalismo y hagamos una cosa a la vez. No intentemos ser los mejores. No es necesario. Hagamos lo que hagamos alguien nos va a molestar.

Hace un año me di cuenta que podía ser feliz con cosas pequeñas como ver a un artista que admiro o escuchar una hermosa canción en vivo. Muy tarde llegué a la conclusión que no dependía de mi esfuerzo o de los sacrificios que hiciera para ser feliz y obtener gratificaciones como el éxito o una buena nota. Y quiero transmitir eso. Me gustaría escribirle esto a mis amigos y a toda mi generación y decirles que todo va a estar bien. Cuando volvemos de estudiar o trabajar, nos esperará alguien, o sino tendremos una tranquila soledad que, al final de cuentas, es la única realidad. La ansiedad y el deseo del éxito nos enferma y nos pone estándares que no tenemos por qué alcanzar si no queremos. No nos hagamos daño. ¡Vamos a estar bien! Y cuando no lo estemos, podemos tomar un tecito en la casa de alguien querido, ver un lindo animal o leer un libro. Solo aceptemonos como somos aunque el loro no esté de acuerdo. Por esta tarde, me permitiré ser optimista.

2 respuestas a “Breve historia del exitismo y el loro del capitalismo en el corazón de mi generación

  1. Me encantó tu texto, está hermosamente escrito y es muy certero. Yo estudié Literatura y cuando terminé la carrera sentí esa presión horrible que describes. Todos preguntaban “qué eres?”, me hacían hacen sentir que un título te define y terminaba pensando “no soy nada”. De verdad que la gente de mi generación se sentía avergonzada y con pena, porque es algo horrendo pensar que a pesar de estudiar 4 años “no eres nadie”. La competencia y el miedo que te meten es brutal. Debo confesar que yo sucumbí a eso, ahora voy en cuarto año de una segunda carrera que sí me dará título profesional (aunque muchas deudas para pagarla también) y podré responder “soy Psicóloga”. Sin embargo, a mitad de esta carrera, más segura y con menos miedo, me di cuenta que elegí volver a estudiar por razones incorrectas. Por suerte me encanta psicología y su relación con la literatura. Pero no estoy orgullosa de haberla elegido por miedo. A pesar de ser Licenciada “no más”, antes de volver a la U, pude trabajar en distintas cosas, pagar mis cuentas y ser bien feliz. Se puede ser una persona plena más allá del título que se tenga. La presión del “loro” como lo llamas, era lo único que más me hacía sufrir en ese tiempo, ahora trato de no oírlo tanto. Saludos

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    1. Ay, muchas gracias. Es muy real lo que cuentas, de hecho, la segunda carrera a la que entré es Literatura y cada vez que le digo a alguien que estudio eso, me preguntan “qué es?” jajaja. Muchas gracias por tu comentario, me alegro que te haya gustado el texto y estoy segura que serás una gran psicóloga!

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